domingo, octubre 31, 2010

Post Halloween 1: Un excelente comienzo....

Hola! Primero que nada.. que tengan un feliz escalofriante Halloween! Llevo tiempo sin postear, así que este día buscaré cosas para compartir con ustedes! Lo primero... el inicio de un libro por todos conocido, aunque quizá no muchos hayan leído NOCTURNA de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Tómense el tiempo de leerlo y les aseguro que querrán correr a comprar el libro! También dejo el trailer.


La leyenda de Jusef Sardu

Había una vez —dijo la abuela de Abraham Setrakian— un gigante.

Los ojos de Abraham se iluminaron y, de pronto, la sopa borscht que humeaba en el plato de madera le pareció más sa­brosa, como si el picante gusto a ajo se hubiera esfumado. Era un chico pálido y enfermizo, casi raquítico y de ojos grises. Para animarlo a comer, su abuela se sentó frente a él y lo en­tretuvo con un cuento.

Una bubbeh meiseh, un «cuento de abuela», una fábula, una leyenda.

—Era el hijo de un noble polaco y se llamaba Jusef Sardu. El señorito Sardu era más alto que cualquier hombre o techo de su aldea. Para cruzar por cualquier puerta tenía que inclinar­se tanto como si estuviera haciendo reverencia a un rey. Pero su gran estatura era un lastre: una enfermedad de nacimiento y no una bendición. El joven sufría mucho; sus músculos no tenían la fuerza suficiente para sostener sus largos y pesados huesos. En algunas ocasiones le costaba incluso caminar. Utilizaba un bastón, una vara larga más alta que tú, con una empuñadura de plata coronada con la cabeza de lobo del emblema familiar.

—¿Sí, Bubbeh? —dijo Abraham entre una cucharada y otra.

—Era lo que le había tocado en la vida, y le enseñó la hu­mildad, algo realmente ausente cuando de un noble se trata. Sen­tía mucha compasión por los pobres, los trabajadores y los en­fermos. Era particularmente afecto a los niños de la aldea, y sus bolsillos grandes y profundos —del tamaño de sacos repletos de nabos— siempre estaban colmados de baratijas y golosinas. Prác­ticamente no había tenido una infancia, pues a los ocho años ya tenía la misma estatura de su padre, y a los nueve le llevaba una cabeza. Su fragilidad y gran estatura eran una vergüenza secreta para su padre. Pero el señorito Sardu era realmente un gigante amable, muy querido por su gente. Decían que, aunque estuvie­ra por encima de los demás, él no menospreciaba a nadie.

La abuela le hizo un gesto con la cabeza para recordarle que tomara otra cucharada. El masticó una remolacha hervida, llamada «corazón de bebé» debido a su color, forma y fibras casi capilares.

—¿Sí, Bubbeh?

—Era amante de la naturaleza y no le interesaba la bru­talidad de la caza, pero, como noble y hombre de rango, a los quince años su padre y sus tíos le pidieron que los acompaña­ra en una expedición de seis semanas a Rumania.

—¿Vinieron aquí, Bubbeh? —preguntó Abraham—. ¿El gigante estuvo aquí?

—Fueron a los oscuros bosques del norte, kaddishel. Los Sardu no vinieron a cazar jabalíes, osos ni alces. Vinieron a cazar lobos, el símbolo de la familia, el emblema de la casa de Sardu. Iban tras animales de caza. La tradición de la familia Sar­du decía que comer la carne de lobo les daba a los hombres Sardu valentía y fuerza, y el padre del joven amo creía que esto podía llegar a curarle los músculos débiles a su hijo.

—¿Sí,Bubbeh?

—Sumado a la inclemencia del clima, el camino que ini­ciaban era largo y arduo, y para Júsef una lucha extrema. Nun­ca había salido fuera de la aldea, y las miradas que le dirigieron los extraños a lo largo del camino lo hicieron sentir avergon­zado. Cuando llegaron al bosque oscuro, le pareció que aquel paraje silvestre estaba lleno de vida. Numerosas manadas de animales merodeaban por el bosque durante la noche, como si hubieran sido desplazados de sus cuevas, albergues, nidos y guaridas. Eran tantos que los cazadores no podían conciliar el sueño en el campamento. Algunos querían marcharse, pero la obstinación del patriarca de los Sardu terminó imponiéndose. Escuchaban el aullido nocturno de los lobos, y él anhelaba dar­le uno a su hijo, a su único heredero, cuyo gigantismo era como una sífilis en la estirpe de los Sardu. Quería extirpar esa maldi­ción de su linaje y casar a su hijo para que le diera muchos herederos saludables.

»Pero justo antes del anochecer del segundo día, su padre salió a perseguir un lobo, y fue el primero en separarse del grupo. Lo esperaron toda la noche en vano, y al amanecer sa­lieron a buscarlo. Y así fue que, esa noche, al volver de la bús­queda, faltaba un primo de Jusef. Y lo mismo sucedió, noche tras noche, con todos.

—¿Sí, Bubbeh?

—Hasta que el único restante era Jusef, el niño gigante. Reanudó el camino al día siguiente y, en un lugar que habían recorrido anteriormente, descubrió el cuerpo de su padre, y los de todos sus tíos y primos, yaciendo a la entrada de una cueva subterránea. Sus cráneos habían sido aplastados con una fuerza descomunal, pero sus cuerpos estaban intactos. Habían sido ase­sinados por una bestia con una fuerza inusitada, pero no porque tuviera hambre o miedo. No pudo descubrir la verdadera razón, y de repente se sintió observado, quizá incluso estudiado, por un ser que merodeaba en el interior de la caverna.

»El señorito Sardu retiró todos los cuerpos, cavó una tum­ba profunda y los enterró. Naturalmente, este esfuerzo lo de­bilitó gravemente, dejándolo casi sin fuerzas. Estaba exhausto, estaba farmutshet. Y no obstante, a pesar de estar solo, presa del miedo y del cansancio, regresó esa misma noche a la cueva para enfrentarse al diabólico ser que rondaba en esa oscuridad, dispuesto a vengar a sus antepasados o morir en el intento. Esto se sabe por su diario, el cual fue encontrado muchos años después en el bosque. Esos fueron sus últimos apuntes.

Abraham estaba boquiabierto.

—Pero ¿qué sucedió, Bubbeh?

—La verdad es que nadie lo sabe. En la aldea, después de que transcurrieran seis semanas, ocho y luego diez sin noticia alguna, se temía que el grupo entero estaba extraviado. Varios aldeanos emprendieron una búsqueda, pero no los encontraron. Y al cabo de once semanas, un carruaje de ventanas oscuras se detuvo una noche frente al castillo Sardu: era el joven amo. Se recluyó en un ala del castillo, cuyas habitaciones estaban vacías, y rara vez, o casi nunca, volvió a ser visto. Comenzaron a circu­lar rumores sobre lo que había sucedido en el bosque rumano. Las pocas personas que sostenían haber visto a Sardu —si es que se les puede dar crédito a sus relatos— insistieron en que se había curado de su deformidad. Algunos aseguraban inclu­so que había adquirido una fortaleza equiparable a su estatura sobrehumana. Sin embargo, el dolor de Sardu por su, padre, sus tíos y primos era tan profundo, que nunca se le volvió a ver a la luz del día, y despidió a la mayoría de sus sirvientes. Por la noche había algo de actividad, en su castillo —se podía ver el fuego de las chimeneas resplandecer en las ventanas—, pero el lugar se fue viniendo abajo con el paso del tiempo.

»Algunos afirmaban que, al caer la noche, se oía al gi­gante rondar por la aldea. Fueron los niños quienes se encar­garon de difundir la historia según la cual decían haber escu­chado el pic-pic-pic del bastón que Sardu ahora utilizaba no para caminar, sino para invitarlos a salir de sus camas y obse­quiarles baratijas y golosinas. Los incrédulos eran invitados a mirar los hoyos del suelo, algunos justo afuera de las ventanas de sus habitaciones, pequeños hoyitos como si fueran de su bastón con cabeza de lobo.

Los ojos de la Bubbeh se ofuscaron. Miró el plato de su nieto y vio que estaba casi vacío.

—Entonces, Abraham, comenzaron a desaparecer varios niños de la aldea. Circularon historias de otros que también desaparecieron de las aldeas cercanas, incluso de la mía. Sí, Abraham, cuando era niña tu Bubbeh vivía tan sólo a medio día de camino del castillo de Sardu. Recuerdo a dos hermanas cuyos cuerpos fueron encontrados en un claro del bosque, tan blancas como la nieve que las rodeaba, sus ojos abiertos y cris­talizados por el hielo. Una noche, yo misma escuché el pic-pic-pic; era un sonido fuerte, rítmico y no muy distante. Me cubrí la cabeza con la manta para no oírlo más y luego pasé varias noches sin dormir.

Abraham terminó la sopa mientras escuchaba el final de la historia.

—Casi toda la aldea de Sardu fue abandonada y se con­virtió en un lugar maldito. Cuando la caravana de gitanos pa­saba por nuestra aldea, vendiendo sus mercancías exóticas, nos hablaban de sucesos extraños, de encantamientos y apariciones cerca del castillo; de un gigante que erraba por los campos iluminados por la Luna como un dios nocturno. Fueron ellos quienes nos advirtieron: «Coman para que sean fuertes, o Sar­du vendrá por ustedes». Ya ves que no se trata de un juego, Abraham. Ess gezunterhait, come para que seas fuerte. No de­jes nada en el plato, pues de lo contrario Sardu vendrá por ti. —Con esta frase, la anciana dejó atrás aquel oscuro recuerdo de su infancia y sus ojos recobraron su brillo habitual—. Sardu vendrá. Pic-pic-pic.

Abraham dejó el plato vacío, sin el menor rastro de re­molacha. La historia había terminado, pero su estómago y su mente estaban rebosantes, al igual que su corazón. Su compor­tamiento en la mesa había complacido a su Bubbeh, y el rostro de la anciana le pareció la expresión más clara de amor que podía existir. En la privacidad de ese momento, y en torno a la desvencijada mesa familiar, la abuela y su nieto —con una ge­neración de por medio— compartieron el alimento del corazón y del alma en perfecta comunión.

Diez años después, la familia Setrakian tuvo que dejar atrás su taller de ebanistería y su aldea, no por causa de Sardu, sino por los alemanes. Una noche, conmovido por la genero­sidad de esa familia que había compartido su ración con él sobre aquella misma mesa, el oficial nazi acantonado en su casa les aconsejó que no obedecieran la orden de reunirse en la es­tación del tren y abandonaran la aldea esa misma noche.

Y eso hicieron. Los ocho miembros de la familia partieron hacia el campo con las pocas pertenencias que pudieron cargar, pero se retrasaron por causa de la abuela. Peor aún, ella lo sabía, y se maldijo a sí misma y a sus piernas viejas-y cansadas por poner a toda la familia en peligro. Reanudaron la marcha y el resto de la familia siguió adelante, pero Abraham —quien aho­ra era un joven fuerte y prometedor, todo un ebanista a pesar de su tierna edad y un estudioso del Talmud particularmente interesado en el Zohar, los secretos de los misticismos judíos— decidió permanecer al lado de su abuela. Cuando supieron que sus familiares habían sido detenidos en el pueblo más cercano y deportados en un tren a Polonia, la Bubbeh, desgarrada por la culpa, insistió, por el bien de su nieto, en que la dejara en­tregarse a los alemanes.

—Huye, Abraham. Huye de los nazis y de Sardu. Escapa.

Pero él no la obedeció. No dejaría que lo separaran de su abuela.

Al día siguiente la encontró tendida en el suelo, junto a la cama que habían compartido en casa de unos granjeros que les dieron posada. Tenía los labios resquebrajados y negros como el carbón, y una mancha del mismo color alrededor del cuello, producto del veneno para ratas que había ingerido la noche anterior. Con la venia de la familia protectora, Abraham Setrakian la enterró debajo de un abedul en flor. Talló con pa­ciencia una hermosa lápida de madera con flores y pájaros, y otros motivos que la habían alegrado en vida. Lloró, inconso­lable, y luego se marchó.

Se escabulló de los nazis, pero siguió escuchando un pic-pic-pic detrás de él...


El Mal lo seguía muy de cerca.

 

¿Qué opinan? ¿Buena elección para leer este Halloween?


2 comentarios:

The Itzel Library dijo...

Muy buen fragmento Diana, aunque no sé... he visto el libro muchas veces en las librerías y no me animo a comprarlo... Y ahora ya con la segunda novela, mucho menos, me da flojera pensar que son dos libros que tengo que leer :P

Cuídate mucho

Besos

~Yel

Judith dijo...

Diana ya lo he leido y dejame decirte que es GENIAL !!!!!
lo amo xD!!
una novela realmente BUENISIMAAAAAA!!!